Oracion

Que tu pelo me nuble la vista
Que tu sonrisa me golpee en el hombro
Que el viento te devuelva a la orilla
Que tus andares me llenen de escombros

Que mi espera suspire por verte
Que tu cama se vista de seda
Que el espejo te mire de frente
Que a este mono aún cuando lo beses, mono se quede

Plegaria

Que la sorpresa sea tu pan del recreo,
Que cuando remes siempre llegues a tiempo,
Que la deshonra se lleve un magreo,
Que su envidia les suponga un tormento.          
                 
Que de cada suma te sobre la resta,
Que su mirada te mande una foto,
Que a cada mentira le falte una letra,
Que la locura te tenga por loco.

Arena

Arena en los ojos, en la boca, en los oídos; a veces creía que tenía más arena en su cuerpo, en su ropa, en su memoria, que toda la inmensidad del desierto que veía y que aún le quedaba por delante. Se rascó la barba, esa barba que le daba un aspecto tan pintoresco que llamaba la atención por los poblados que pasaba, la misma que hacía que los niños le señalaran a su paso.

Intentó acordarse de porqué estaba allí, de porqué había emprendido ese largo viaje por el desierto, porqué había dejado todo atrás, su tierra, su vida, para perseguir un sueño, una estrella. Casi no recordaba cuando recibió el mensaje; le pareció que el cielo se abría como de un hachazo dado por una mano torpe, como un rayo creado al intentar pintar un niño una línea recta, ¿sucedió realmente?; Lo vio claro, como si hubiera estado bajo la corteza de su cabeza colgando, esperando  hasta que por fin cayó entre sus ojos; había llegado el momento, su cuerpo, su mente, su misión estaba en marcha.

Mientras pensaba, no paraba de mirar a su alrededor; se suponía que no estaría sólo, que iban a ser al menos tres, pero no había ni rastro de los otros, llevaba tiempo esperando el encuentro, pero no podía parar de avanzar, no podía esperar. A cada golpe del desierto, su cuerpo se resentía más, quizás debía haber elegido otro medio de transporte, ¿un camello tal vez?. Recordó con una sonrisa la última vez que había subido a uno y acabó colgando de su cuello.

Arena, y mas arena, como una infinita playa de azúcar moreno, como una pesadilla interminable, como un infierno seco;  tocó sus escasas pertenencias y lo que traía consigo, el regalo más valioso que en ese mundo podía hacer; lo miró y lo apretó contra su pecho y su corazón se aceleró pensando en el encuentro.

Arena y más arena, parecía que cada grano, cada duna, cada remolino, le gritaba que se diera la vuelta, pero su convicción era más fuerte que su flaqueza, llegaría a su destino, pasara lo que pasara, no había vuelta atrás.  Desde aquel día, desde su revelación, supo que a partir de entonces se dedicaría a eso, a lo que ahora, bajo un sol que lo miraba atentamente, estaba haciendo. Recordó su infancia en su casa, en la ahora lejana y vieja Tharsis o Tarse, como a el le gustaba decir, saltando y corriendo por las heridas que le hacían a la tierra para extraer cobre, en como su padre le reñía por destrozar las sandalias por las piedras, en lo que le gustaba ver la puesta de sol bajo las colinas. Una visión le sobresaltó y lo trajo de vuelta al maldito desierto, se frotó los ojos y nada, de nuevo nada, ¿y si no llegaba?... o peor aún ¿y si llegaba tarde?.

Por fin le pareció que finalizaba su viaje, que su destino le alcanzaba; ya era de noche y el cielo estrellado del desierto lo sobrecogió como tantas otras veces cuando lo contemplaba, las estrellas enormes, como si alguien hubiera escupido miles de cristales hacia el cielo después de cien días masticando; las podía casi tocar, más bien casi lo podían tocar a él, de hecho le pareció notar el peso de alguna en su espalda, empujándole, mostrándole el camino.

Muchos eran los que en aquellos días habían huido cruzando el desierto, muchas las familias perdidas, muchas las vidas sacrificadas.  Su llegada causó expectación, sus compañeros de viaje no habían aparecido, ¿acaso debía esperarlos?, decidió que no; que tenía que cumplir su misión, su historia. Supo donde ir sin tener que preguntar,  pues todo aquel con el que se encontraba le señalaba en silencio la última tienda, se aferró a la bolsa que llevaba, sin ella era simplemente un sabio, con ella, con su bolsa al hombro era un mago. Cuando entró en la improvisada estancia, el aire era denso, el miedo casi cortaba la luz de la hoguera que resplandecía como nunca antes había visto, parecía que dentro de la tienda se guardaba el sol hasta la próxima mañana; apenas reparó en los padres, se arrodilló reverencialmente sobre la niña y con la prisa lenta que da la experiencia y la pericia de años como jefe de cuidados intensivos en un hospital, abrió su bolsa y sacó un catéter que con diestros movimientos colocó en su fino y moreno brazo, la niña apenas tenia vida para abrir los ojos y sólo acertó a ver una silueta blanca con una marca roja en el pecho, el símbolo de médicos sin fronteras.


Cuando estabilizó a su primer paciente de esa noche y se giró, vio a muchos de los habitantes del asentamiento, con los ojos secos de no parpadear clavados en él; se levantó, cogió su botiquín y se dispuso a organizar la asistencia; el mago por fin había llegado.

Su olor

Sentado en su cama, con los últimos rayos de vida latiendo en su maltrecho pecho seguía recordándola; fue hace años o quizás esta mañana, su sentido del tiempo hacía varios litros de alcohol que lo habia abandonado a su suerte, intentaba dibujar su cara en el aire pero ya no la reconocía, ya no podía verla entre la niebla de su cabeza y el amargor de sus ojos. Sólo había un sentido que no había perecido a su mundo y era el olfato, un olfato que lo único que tenía dentro era el olor de su pelo.

Cada día, la dolorosa fuerza que lo impulsaba a afrontar la útlima mañana de cada final, le traia pegado a la contraportada, como un regalo, como un triste regalo, el olor de su pelo. No sabria describirlo, intentó mil veces dibujarlo, recordarlo, empaquetarlo, pero no había nada igual, no hubo nada igual mientras lo disfrutó, mientras lo robó del aire que movia cuando pasaba cerca, mientras lo tomó prestado del remolino que se plegaba a cada paso suyo cuando andaba deprisa, como una nube que quisiera hacer una reverencia.

Ese olor lo contaminó durante horas, meses, vidas, lo persiguió por las esquinas de su currículum, lo señaló como a un extraño en una boda, le golpeó como una teja caida de la nada; lo penetraba como el frio y le sonreía cuando se marchaba agarrado a ella con una sonrisa burlona.

Fué hace mucho, acaba de suceder, quizás tenía que pasar pero no tuvo que haber ocurrido, el caso es que cada noche antes de despedirse del mundo, la única emoción con la que se envolvía para protegerse del frío era la que le traia el perfume de su pelo antes de pedirle perdón.

Retuérceme



Se conocian, no se habían visto en esta vida, pero lo supieron en cuanto se presintieron. Al poco tiempo, su cama tenía tantas arrugas como ella poros en su suave y salvaje espalda, la misma que a ratos se curvaba y retorcía igual que una cálida y dulce masa en manos de un experto panadero.

La mesilla tenía marcas como surcos en la frente de la vida, fruto del roce intenso de su cabello largo y sedoso con la madera. Fue tan salvaje que tuvieron que parar para reconocerse, pues a cada impulso de su cerebro, a cada musculo apretado, a cada envite de sus ganas, se movian incontroladamente los dos. 

De haber tenido tiempo le hubiera gustado decirle que le tomara de la mano y apretara hasta que doliera; que le susurrara al oido tan cerca que sus carnosos labios le acariciaran sus pensamientos; que le arañara la espalda como si no hubiera un mañana, que le abrazara con sus piernas con tanta intensidad que ni ellos supieran donde acababa uno y donde empezaba el otro; y que le besara, que le besara tan fuerte, que tuviera que respirar a través de ella. 

Pero no había tiempo, no habría un mañana, no había sitio donde esconderse, no había mejor sitio para condenarse, para perderse. Su boca jadeaba como un pez que huye de una pecera de agua hirviendo, por sus muslos resbalaba el rocío del principio del final; y aunque sus pechos ya tendrían para siempre la forma de sus manos, su sentido se nublaba cada vez que ella parpadeaba anunciándole su marcha. No se podía morir en mejor lugar, no se podía tener peor suerte; despues de esa tarde, no se podía esperar nada mejor y más corto que la muerte.

La vio levantarse, y apretó su súplica; no te vayas, no te vistas, no te vuelvas. Prometo no recordarte, juro no olvidarte... y ella, despareció para siempre como un sueño no contado. Una vez a solas, con la mirada en el suelo, irguió su dolorido cuerpo y recordó el tacto de sus dedos por su espalda recorriendo sus vertebras como teclas de un piano de marfil caliente, soplándole al oido como la brisa bajo un puente, y el sabor de su pelo y el olor de sus labios como un amargo sueño retorciéndose en su vida, burlándose de su suerte.

Ningún consejo os doy

Ningún consejo os doy

Bueno no, bueno sí..., ningún consejo os quiero dar, prefiero que lo cojáis si queréis, que lo recodéis si lo deseáis y que lo olvidéis para que funcione.

Os pido que seáis niños siempre, no de cuerpo que no podréis, ni de alma por si no hay, ni de espíritu por que no sé lo que es; sino que congeles lo que ahora sientes, lo que ahora experimentas, lo que ahora pruebas, lo que te pasa por dentro cuando saltas en un charco, lo que te sube por espalda cuando te quitas la zapatilla de una patada al aire y la cuelas en la cama, y te mueres de la risa. Quiero que lo guardes, lo empaquetes entre el pecho y los ojos y luego lo sueltes por tus venas, que no se pare nunca, que no deje de girar, que te digo yo que si no lo mueves se para, si no lo mueves se muere.

Quiero además, que no olvides lo que ves, que no olvides lo que hago, que no olvides lo que digo; para que no lo repitas, para que no me imites; quiero que no lo olvides para que lo guardes en el fondo y no lo saques salvo para comparar con lo que tú has hecho, con lo que harás...,que si todo ha ido bien, será todo lo contrario.

Os pido, te pido; que no dejes de correr, que no dejes de mirar, que no dejes de tocar, de oler, de pensar con la mirada, de cantar por dentro, de transportarte a tu mundo como cuando te llevo de la mano y lo unico que te sujeta a la tierra como un cordel a un globo cautivo es mi brazo. Cuando crezcas, sigue saltando en los charcos, en los bordillos, no pises las rayas de los pasos de peatones, salta por fuera y por dentro, como si quisieras romper la caja de un juguete, así, después, lo harás sin pensar y así cuando te miren y te señalen te morirás de la risa y a la vez te entristecerás un poco, porque él no sabe, no supo y no sabrá.

Otra cosa me gustaría, no quiero que mientas salvo que no puedas decir la verdad, no quiero que hagas daño a nadie, salvo que te lo pida, no quiero que debas nada a nadie salvo que te lo regale sin querer, y sobretodo no quiero decirte todo esto, porque ya lo sabrás.

Quiero que por las noches te caigan las dos piernas por cada lado de la cama, que renueves las ganas de despertar cada anochecer, que disfrutes viendo tus párpados caer porque mañana habrá más, que beses o te besen antes de irte a dormir y que el mundo te deba el ser y el estar.

Todo esto te lo digo, porque no venian las instrucciones de como actuar, de como sentir, de como aprender, de como disfrutar, y seguramente, paso más tiempo riñendo que mirando, lamentando que besando, más tiempo actuando que riendo. Lo mio ya no se puede cambiar, lo puedo cubrir, se puede tapar, lo puedo ignorar, pero si me asomo lo veo en el fondo, esperando a salpicarme. Pero como tenemos un trato, me lo perdonas, y lo olvidas y me quieres y no te importa y me demuestras cada día, me demostrais cada día que con eso y poco más es con lo que se debiera querer vivir

No os digo nada más porque no debeis saberlo, si os lo cuento se esfuma, si os lo digo se desvanece, son las cosas que tendréis que descubir y que yo os explicaré cuando ya las sepais.

Vuestro padre.

Historia de la Aldea sin nombre



A mis compañeros/as

Cuentan los mas viejos del lugar, que en un lejano desierto de oriente existió una aldea  en un cruce de caminos. La aldea fue creada por varios reinos cercanos para mejorar la vida de los habitantes de los poblados vecinos. A ella fueron llegando gente de diversa condición para desempeñar diferenfes oficios. Todas las mañanas, al amanecer antes de atender sus obligaciones tanto dentro de sus muros como ayudando a las gentes de poblados cercanos, sus habitantes se reunian en la plaza junto al pozo para compartir el desayuno y contar historias y sueños. Luego, el jefe del poblado, repartia las tareas y despachaba con sus consejeros y consejeras. Durante años llegaron a la aldea gente de diversos lugares, gente creativa y muy valiosa que a medida q se marchaban dejaban en la memoria de los demás, reuerdos y experiencias que enriquecian la conciencia común de la aldea.

Sus habitantes, a pesar del trabajo y de los problemas de la región, buscaban siempre un rato para compartir con sus vecinos sus miedos, sus alegrias y sus proyectos; así al anochecer si el viento era favorable se enviaban pequeños mensajes de casa en casa atando pequeños trozos de pergaminos a las semillas de la planta del wasara que impulsada por el viento podia llegar a cientos de codos de distancia. Así, si no se habian visto al amanecer, o alguien estaba enfermo o decaido, podian saber que novedades habian sucedido durante la jornada en cada casa, y otras veces, unicamente inventaban historias para hacer reir y hacer felices a sus convecinos.

Durante años en la aldea fueron felices a su manera y aunque sus corazones se llenaban de alegria con cada nuevo habitante, su espíritu se desgarraba un poco con cada partida, de forma que al despedir al que se marchaba, compartian una oracion en la que le deseaban un pronto reencuentro.

Sin ser ajenos a los vientos de cambio de la era que les tocó vivir, se decian unos a otros que habia màs vida fuera de sus muros, que si los Dioses decidian que llegaba el momento de abandonar la aldea, llevarian en sus corazones el calor de la compañia, el olor de la noches de lluvia,  el sabor de un té al atardecer y la sabiduria de las vivencias compartidas.

A veces pasaban cerca de sus muros caravanas de comerciantes que les hablaban de aldeas parecidas, incluso más poderosas, que habían sucumbido a los caprichos de los principes que las crearon y ahora sólo quedaba de ellas sus edificios vacios de gente pero llenos de orgullos pasados y logros conseguidos. Otras veces, algun pequeño destacamento de tribus rivales, los señalaban desde el horizonte desafiantes en la creencia que derribando sus muros y separando a sus habitantes lograrian borrar en el tiempo el legado de la aldea.

No se sabe que fue realmente de ella,; pues las arenas del tiempo borraron aquella era de entrega y pasión a pesar de las adversidades, de las intrigas de los principes y califas, de la escasez de lluvias y grano, de la envidia de corazones vacíos. Pero cuentan que alguien que conoció a uno de sus primeros moradores, llevaba escrito cerca de su corazón los nombres de todos los habitantes que por ella pasaron y que no pasó un sólo día de su vida sin dar gracias a los Dioses por haberle puesto en el camino de gente tan extraordinaria y singular.

Os deseo de corazón que os pase lo que verdaderamente deseeis que ocurra.
Diciembre 2012