Verte de nuevo

Mientras se levantaba de la cama, le susurró al oído:
-no te quiero volver a ver... , no podría  olvidarte dos veces.

En nombre de los hombres

19 de octubre, día internacional contra el Cáncer de Mama

"En nombre de los hombres"

Cada vez que das fuerza a la vida,
cada vez que levantas la casa,
cada vez que olvidas quien eres,
cada vez que olvidas que te pasa

Cada día que robas al mundo,
cada vez que te tragas tus miedos,
cada amago de respirar profundo,
cada noche que cruzas los dedos

Cada espejo que miras inquieta,
cada pañuelo que adorna tu nuca,
cada vez que ríes con tu nieta,
cuando juega con tu peluca

Cada beso que falta por darte,
cada presente que no piensa irse,
cada olvido que no quiere olvidarte,
cada grito que no quiere rendirse

En nombre de los hombres te doy las gracias,
en nombre de los hombres te ofrezco mi brazo,
en nombre de los hombres admiro tu fuerza.

En nombre de los hombres,
me pongo tu lazo.

.a la abuela de mi hijos

Mi vida

Nunca me sueltes de la mano
aprieta todo lo que puedas,
Caminaré siempre a tu lado,
siempre aunque no me veas.
Háblame bajo al oído,  
rie y desarma mi alma,
Bésame como tu sólo sabes,
duérmete y traeme la calma.
Desbarata todos mis sentidos,
llora fuerte en mi hombro,
Pregúntame lo que aun no has vivido,
llena mi vida de escombros.
Equivócate si no tiene remedio,
lleva la cabeza bien alta,
Quédate siempre por enmedio,
toma de mí lo que te haga falta.
Vuela lejos y cerca,
pilota mi vida en tus manos,
Aterriza siempre que quieras,
cuéntame tu vida y milagros.
Mírame aún cuando duermas,
velo tu juego y tu risa,
Golpeame fuerte en el pecho,
mátame con tu sonrisa.
Tu padre  

Plegaria 2

Que la realidad no me golpee en la nuca
Que tu desaire no me tenga esperando
Que mi orgullo intente salvarme
Que los silencios no me acaben gritando
 
Que en mi cama se caliente el frío
Que tu espalda por fin se vuelva
Que mi estupidez encuentre refugio
Que mi sueño por fin te venza

Oracion

Que tu pelo me nuble la vista
Que tu sonrisa me golpee en el hombro
Que el viento te devuelva a la orilla
Que tus andares me llenen de escombros

Que mi espera suspire por verte
Que tu cama se vista de seda
Que el espejo te mire de frente
Que a este mono aún cuando lo beses, mono se quede

Plegaria

Que la sorpresa sea tu pan del recreo,
Que cuando remes siempre llegues a tiempo,
Que la deshonra se lleve un magreo,
Que su envidia les suponga un tormento.          
                 
Que de cada suma te sobre la resta,
Que su mirada te mande una foto,
Que a cada mentira le falte una letra,
Que la locura te tenga por loco.

Arena

Arena en los ojos, en la boca, en los oídos; a veces creía que tenía más arena en su cuerpo, en su ropa, en su memoria, que toda la inmensidad del desierto que veía y que aún le quedaba por delante. Se rascó la barba, esa barba que le daba un aspecto tan pintoresco que llamaba la atención por los poblados que pasaba, la misma que hacía que los niños le señalaran a su paso.

Intentó acordarse de porqué estaba allí, de porqué había emprendido ese largo viaje por el desierto, porqué había dejado todo atrás, su tierra, su vida, para perseguir un sueño, una estrella. Casi no recordaba cuando recibió el mensaje; le pareció que el cielo se abría como de un hachazo dado por una mano torpe, como un rayo creado al intentar pintar un niño una línea recta, ¿sucedió realmente?; Lo vio claro, como si hubiera estado bajo la corteza de su cabeza colgando, esperando  hasta que por fin cayó entre sus ojos; había llegado el momento, su cuerpo, su mente, su misión estaba en marcha.

Mientras pensaba, no paraba de mirar a su alrededor; se suponía que no estaría sólo, que iban a ser al menos tres, pero no había ni rastro de los otros, llevaba tiempo esperando el encuentro, pero no podía parar de avanzar, no podía esperar. A cada golpe del desierto, su cuerpo se resentía más, quizás debía haber elegido otro medio de transporte, ¿un camello tal vez?. Recordó con una sonrisa la última vez que había subido a uno y acabó colgando de su cuello.

Arena, y mas arena, como una infinita playa de azúcar moreno, como una pesadilla interminable, como un infierno seco;  tocó sus escasas pertenencias y lo que traía consigo, el regalo más valioso que en ese mundo podía hacer; lo miró y lo apretó contra su pecho y su corazón se aceleró pensando en el encuentro.

Arena y más arena, parecía que cada grano, cada duna, cada remolino, le gritaba que se diera la vuelta, pero su convicción era más fuerte que su flaqueza, llegaría a su destino, pasara lo que pasara, no había vuelta atrás.  Desde aquel día, desde su revelación, supo que a partir de entonces se dedicaría a eso, a lo que ahora, bajo un sol que lo miraba atentamente, estaba haciendo. Recordó su infancia en su casa, en la ahora lejana y vieja Tharsis o Tarse, como a el le gustaba decir, saltando y corriendo por las heridas que le hacían a la tierra para extraer cobre, en como su padre le reñía por destrozar las sandalias por las piedras, en lo que le gustaba ver la puesta de sol bajo las colinas. Una visión le sobresaltó y lo trajo de vuelta al maldito desierto, se frotó los ojos y nada, de nuevo nada, ¿y si no llegaba?... o peor aún ¿y si llegaba tarde?.

Por fin le pareció que finalizaba su viaje, que su destino le alcanzaba; ya era de noche y el cielo estrellado del desierto lo sobrecogió como tantas otras veces cuando lo contemplaba, las estrellas enormes, como si alguien hubiera escupido miles de cristales hacia el cielo después de cien días masticando; las podía casi tocar, más bien casi lo podían tocar a él, de hecho le pareció notar el peso de alguna en su espalda, empujándole, mostrándole el camino.

Muchos eran los que en aquellos días habían huido cruzando el desierto, muchas las familias perdidas, muchas las vidas sacrificadas.  Su llegada causó expectación, sus compañeros de viaje no habían aparecido, ¿acaso debía esperarlos?, decidió que no; que tenía que cumplir su misión, su historia. Supo donde ir sin tener que preguntar,  pues todo aquel con el que se encontraba le señalaba en silencio la última tienda, se aferró a la bolsa que llevaba, sin ella era simplemente un sabio, con ella, con su bolsa al hombro era un mago. Cuando entró en la improvisada estancia, el aire era denso, el miedo casi cortaba la luz de la hoguera que resplandecía como nunca antes había visto, parecía que dentro de la tienda se guardaba el sol hasta la próxima mañana; apenas reparó en los padres, se arrodilló reverencialmente sobre la niña y con la prisa lenta que da la experiencia y la pericia de años como jefe de cuidados intensivos en un hospital, abrió su bolsa y sacó un catéter que con diestros movimientos colocó en su fino y moreno brazo, la niña apenas tenia vida para abrir los ojos y sólo acertó a ver una silueta blanca con una marca roja en el pecho, el símbolo de médicos sin fronteras.


Cuando estabilizó a su primer paciente de esa noche y se giró, vio a muchos de los habitantes del asentamiento, con los ojos secos de no parpadear clavados en él; se levantó, cogió su botiquín y se dispuso a organizar la asistencia; el mago por fin había llegado.

Su olor

Sentado en su cama, con los últimos rayos de vida latiendo en su maltrecho pecho seguía recordándola; fue hace años o quizás esta mañana, su sentido del tiempo hacía varios litros de alcohol que lo habia abandonado a su suerte, intentaba dibujar su cara en el aire pero ya no la reconocía, ya no podía verla entre la niebla de su cabeza y el amargor de sus ojos. Sólo había un sentido que no había perecido a su mundo y era el olfato, un olfato que lo único que tenía dentro era el olor de su pelo.

Cada día, la dolorosa fuerza que lo impulsaba a afrontar la útlima mañana de cada final, le traia pegado a la contraportada, como un regalo, como un triste regalo, el olor de su pelo. No sabria describirlo, intentó mil veces dibujarlo, recordarlo, empaquetarlo, pero no había nada igual, no hubo nada igual mientras lo disfrutó, mientras lo robó del aire que movia cuando pasaba cerca, mientras lo tomó prestado del remolino que se plegaba a cada paso suyo cuando andaba deprisa, como una nube que quisiera hacer una reverencia.

Ese olor lo contaminó durante horas, meses, vidas, lo persiguió por las esquinas de su currículum, lo señaló como a un extraño en una boda, le golpeó como una teja caida de la nada; lo penetraba como el frio y le sonreía cuando se marchaba agarrado a ella con una sonrisa burlona.

Fué hace mucho, acaba de suceder, quizás tenía que pasar pero no tuvo que haber ocurrido, el caso es que cada noche antes de despedirse del mundo, la única emoción con la que se envolvía para protegerse del frío era la que le traia el perfume de su pelo antes de pedirle perdón.